domingo, 20 de mayo de 2018

EL REFUGIO DE LOS INVISIBLES


La obra expresa sin palabras la situación de una familia de inmigrantes, exiliados, refugiados. Todos aquellos seres humanos que son empujados a migrar por la insensatez de las guerras económicas, la avaricia desenfrenada de un mundo gobernado por la explotación indiferente de todo lo existente. 
En un planeta que va hacia su propia destrucción, una pequeña familia errante lucha por su integridad, así como la vida resiste por su supervivencia.
En un espacio pequeño, apenas unos muebles delatan una habitación de paso, un ambiente que emula el hacinamiento, donde una cucheta o unas sillitas de mimbre, cumplen las funciones de ser todos los muebles. Allí están colgadas las pocas pertenencias que tienen.
El tiempo pasa a la busca de ganarse el pan, esquivando una ley que no los protege, huyendo como delincuentes en una realidad donde la clandestinidad es casi una forma de resistencia.
La música en escena acompaña emocionalmente el desarrollo del relato. Suenan dos guitarras, una luz muy tenue alumbra. En ese universo que la obra toca, hay muchas bellas situaciones con la luz, donde un seguidor da protagonismo a cada mundo interno, al intento de desplegar una madeja de sentimientos que atraviesan la esperanza, el hastío, el miedo, el abandono, el deseo de vivir, el aguante, la entereza.
Así vemos la sutileza de gestos mínimos que sintetizan tanto, como el lustrar los zapatos viejos con saliva para sacarles brillo.
El refugiado es un invisible que parece habitar un lugar otro, ser ajeno, extranjero, exiliado, inmigrante, clandestino, pobre. Y cuya lengua incomprensible suena como un mapa a decodificar.
Pero más allá de la figura casi romántica que puede surgir de este universo escenificado con precisión desde el movimiento, la luz y la música, la obra está poniendo el foco en la injusticia de la persecución, de la soledad, del desamparo de una mayoría que habita el margen del mundo mientras otra parte lo mira desde las pantallas, ajena al sufrir de los demás.
La propuesta de Catalina Briski despliega ese mundo poniendo en escena, como guinda para el público, una danza combativa, una danza anarquista, una danza de reyerta. María Kuhmichel encarna esta lucha física con todo el potencial de un cuerpo que se transforma en campo de batalla, en gallo de riña, en revolución.  
Un cuerpo que encarna una visión de mundo, una posición concreta.
La del arte como política de resistencia.

Qué: El refugio de los invisibles
Quién: Idea y dirección: Catalina Briski.- Actuación: Mariela Bonilla, Ramiro Cortez, Manuel Fanego, María Kuhmichel.- Vestuario y escenografía: Estefanía Bonessa.- Diseño de luces: Paula Fraga.- Video, fotografía y diseño gráfico: Paola Evelina Gallarato.- Música: Tomas Melillo.- Asistencia general: Kevin Litvin.- Prensa: Noralia Savio.- Producción: Puja Producciones, Casandra Velázquez.- Agradecimientos: Centro Cultural Borges, Espacio Sísmico, Teatro Caliban, Liliana Cepeda, Inés Maas, Marie Pascal, Jean Paul, Mauro Podesta.-
Dónde: TEATRO DEL PERRO Bonpland 800
Cuándo: Viernes - 23:30 hs - Hasta el 29/06/2018



sábado, 19 de mayo de 2018

LA MADEJA DE MOEBIUS


La banda o cinta de Moebius es una superficie con una sola cara y un solo borde, si se coloreara la superficie empezando por la cara “exterior”, al final quedaría coloreada toda la cinta, dando cuenta que sólo posee una cara, por lo que no tiene sentido hablar de cara interior y cara exterior. Desde el psicoanálisis ilustra que las oposiciones binarias como interno/externo, amor/odio, presentadas como radicalmente distintas deben ser vistas como continuas.
Teresa Duggan pone en escena el tema desde la figura de una madeja, conjugando la complejidad de la existencia humana en un despliegue plástico de tejidos e historias.
Un grupo de tejedoras murmuran y se mecen mientras entrelazan sus dedos con la lana. Se oye en susurros un texto que se enlaza con sus propias palabras, al igual que ese  ovillo que las vincula a todas, al igual que el pasado se teje con el presente y el futuro.
Entre lanas, alfombras, gorros lanudos con cuernos, vemos a estas mujeres mitológicas. Mujeres que tejen historias, que corporizan entramados colectivos como el de las Horas, esos seres del Olimpo que manejaban el tiempo de las estaciones, como si tuvieran en sus manos los hilos de la vida.
Las escenas se suceden como una respiración. Un pasaje donde las madejas y  agujas de tejer, se transforman en varitas que escriben en el aire, cuernos, banderines, cuchillos, todo lo que la imaginación permite jugar.

Las mujeres tejen el espacio con hilos de colores, construyen una red donde quedan ellas entrelazadas en medio de la vibración de los hilos. Se envuelven en un gran tejido blanco que es superficie, vestido, niebla, humo, viento, nubes. Gracias a la iluminación que pinta sobre el blanco sugiriendo atmósferas oníricas, sangrientas, cálidas, terrenales.
Cada intérprete desarrolla su momento, como estación del año, como energía, como color intensidad. Cada una es parte del entramado de ese universo que construyen juntas. Sin apuros, sin ansiedad, con el andar preciso y sosegado de la mujer sabia.
Finalmente la historia que las acuna y que ellas sostienen se materializa en un árbol de la vida, como una forma de construcción colectiva que las envuelve, de la que ellas son parte con su danza, con su hermandad. Las ofrendas son las lanas, las madejas, esas historias de vida que cada una ha tejido.
¿Cómo ver el entramado cuando uno teje el traje en el que está metido? ¿Qué es lo que queda cuando uno se va? ¿Qué imágenes, recuerdos, memorias permanecen tejidas sobre el lienzo de la vida?
Preguntas que se abren desde las metáforas que despliega esta bella puesta.

Qué: La madeja de Moebius
Quién: Intérpretes: Vanesa Blaires, Maria Laura garcia, Magda Ingrey, vanesa ostrosky, Gabriela Pizano, Laura Spagnolo, Agostina Sturla.- Objetos: Mariela Solari.- Diseño de vestuario: Nam Tanoshii.- Edición de sonido: Eduardo Zvetelman.- Asistencia general: Marilyn Grosembacher, Claudia Valado, Natalia Yagi.- Asistencia técnica: Natalia Yagi.-
Coreografía, Diseño de luces, Puesta en escena y Dirección: Teresa Duggan
Web: https://www.celcit.org.ar/espectaculos/163/la-madeja-de-moebius/
Dónde: CELCIT  Moreno 431 Teléfonos: 4342-1026 Web: http://www.celcit.org.ar
Cuándo: Sábados - 20:00 hs - Hasta el 30/06/2018 Duración: 55 minutos

sábado, 10 de febrero de 2018

DASHUA

Dashua, la palabra que da nombre a esta pieza, desconcierta. Parece un invento que suena a conocido sin que uno pueda apresar su significado. Palabra que roza ese lugar familiar y extraño al mismo tiempo.
El escenario donde se despliega es un fondo oscuro, nublado, cuya puesta revela una especie de laberinto espacial con aberturas secretas, como un lugar inventado que puede ser todos y ninguno.
La iluminación genera situaciones internas y externas que alternan entre la penumbra y las horas de luz, pasando también por la oscuridad total que en apenas un instante pasa por corte directo a la siguiente escena.
Hay dos seres y entre ellos se percibe una relación amorosa conflictiva, con idas y vueltas entre situaciones de tensión, crueldad y destellos de cariño. Parece haber un estado de opresión, tal vez un abuso, pero todo es confuso. También un desdoblamiento del oprimido en opresor. Un juego perverso en la violencia que se ejerce vinculada a lo militar, o a cierta jerarquía, puede ser del ámbito de lo inconsciente,  de lo familiar, de lo histórico, de lo humano.
Las escenas aluden a situaciones dramáticas no delimitadas a un solo sentido. Las metáforas abundan entre un él y una ella, entre el color azul, el rojo, el negro. Colores primarios y firmes que dan pie a relaciones en el universo del espectador. Colores que sobresalen en la película en blanco y negro que pinta la pieza.
La mujer y los aspectos de lo femenino se desarrollan con afecto, un aro en la oreja basta para aludir a este aspecto de cierta coquetería que se juega, sin embargo, frente a un espejo deformante. La necesidad de amor flota como un anhelo nunca cumplido.
Cajas que se abren, puertas que se cierran, escaleras que bajan, baúles con secretos, espacios que se abren hacia un afuera prohibido, nunca visto con claridad.
La atmósfera respira violencia, oscuridad y opresión, generados por contrastes lumínicos que son uno de los puntos fuertes de la propuesta.
Parece una historia antigua como el hombre, que uno siente cercana sin poder cerrar su sentido con definiciones claras pero que sí puede relacionar a la opresión, la perversión, la violencia.
Estos seres que además se multiplican como si fuera un efecto visual cinematográfico, se expresan en una lengua extraña. El hecho que hablen en un idioma desconocido es otro punto fuerte de la pieza, que lleva al espectador a transitar una experiencia más allá de la idea clásica de conflicto, personajes, diálogo, inicio, desarrollo y final que propone una obra teatral convencional.
Este teatro es fuertemente físico, visual, emotivo.
Es un teatro de sensaciones con una plasticidad pictórica muy afinada desde la iluminación, un protagónico fuerte en las obras de Omar Pacheco.


Qué: Dashua
Quién: Idea, guion, diseño de luces y dirección: Omar Pacheco.- Actuación: María Centurión, Valentín Mederos.- Vestuario: Ivana Noel Clará, Lucía Pablo.- Realización de objetos y maquinaria: Hernán Alegre, Kaio De Almeida.- Video: Daniel Gómez, Fabian Pettine.- Operación de luces: Ivana Noel Clará, Agustina Miguel.- Operación de sonido: Samanta Iozzo.-
Dónde: LA OTRA ORILLA Gral Urquiza 124 Reservas: 49575083 / 1140711657

Duración: 55 minutos

EL BAILE

Como toda obra de danza, esta presentación tuvo también un paso fugaz, pero en este caso fue por el flamante Teatro San Martín y como resultado de una co-producción entre Francia (Le Quai Centro de Arte Dramático Nacional Angers) y Argentina (Complejo Teatral de Buenos Aires).
La directora e ideóloga de la propuesta en sí es Mathilde Monnier, una figura destacada de la danza contemporánea francesa que dirige desde 2014 el Centro Nacional de la Danza en Pantin, cerca de París, y que tiene en su haber la realización de trabajos junto a artistas de otras disciplinas.
En esta oportunidad, Monnier se inspiró en la obra teatral homónima de Jean-Claude Penchenat, sobre la que se basó Ettore Scola para crear la célebre película también titulada El baile. En el film, se ve el paso del tiempo y sus convulsiones políticas y sociales a través de los cambios que se producen en el salón, en el vestuario, en las acciones y relaciones entre los intérpretes. Así se desarrolla un recorrido por la historia de Francia a través del movimiento, la gestualidad y la danza, sin una sola palabra que atraviese la escena.
En la coproducción danzada que se presentó en Buenos Aires, se apuesta a la expresividad de los cuerpos para construir una ecléctica y variada pieza coreográfica que intenta relatar -o al menos, aludir a - fragmentos de la historia reciente argentina, entre la dictadura y el presente, desde la danza y la música.
Llevar adelante tal peripecia puede traernos el interrogante de por qué fue convocada una mirada externa para narrar lo propio. ¿Tal vez para que existiera la distancia posible para ser abordada? ¿Quizás porque aún estamos muy dentro de esa historia como para que sea elaborada y puesta en escena? ¿O es el temor de tocar con mirada crítica –o autocrítica- lo propio, en un momento de tanta convulsión?
La realidad es que en escena pudieron verse un grupo de intérpretes argentinos que pusieron el cuerpo para intentar contar de una manera no lineal, pero sí bien apoyada en la música propia, esa historia que tanto nos conmueve.
El comienzo de la obra fue como un desfile de individualidades donde cada uno se iba “presentando” en su manera de caminar y de mirar al espacio y al público. Como una entrada a un gran salón de baile en el que cada uno se ubica en su silla antes de dar inicio al baile en sí.
Los recorridos musicales que acompañan esta construcción de la historia navegan por distintos estilos. Cumbia, hip hop, reggeaton, cuarteto, chamamé, murga, zamba, chacarera, tango, rock nacional y hasta himnos escolares. Casi todo lo que puede componer el pastiche musical de un argentino.  
Hay escenas creadas como si fueran cuadros de Molina Campos. Con guitarra y payada, además de los sonidos de animales de campo de fondo, arman un pasaje por el folclore nativo más “del interior”.
Tampoco olvida tocar esas canciones que rememoran la escolaridad militarizada argentina donde los himnos patrios suenan como bandas militares. Allí juega con el mundo infantil de una primaria blanca como Sarmiento soñó.
Así pasa, en otro cuadro, por  una evocación del universo “cumbiero” y dibuja ese intento de seducción parodiada donde, mirando al público, los intérpretes se quitan la ropa, como si se miraran en un espejo y ensayaran movimientos para algún baile.
El rock nacional de los ’80 grita presente con varios temas reconocidos por el argentino local que ponen efervescencia en la sala. Luego un fondo de helicópteros y bombardeos donde un malambo dictatorial mezcla las represiones militares con el futbol y el neoliberalismo de los ’90, resuenan tristemente y la platea se agazapa junto a los bailarines.
Los cuerpos tienen sus momentos gloriosos. Explotan en la murga, el carnaval, la fiesta popular. O se devanean sensualmente con un tango montado a lo “Pina Bausch” que deliciosamente recorre el salón uniendo a todos en un dos por cuatro infinito.
No cabe duda de la capacidad de los intérpretes.
Asoma en esta propuesta un atisbo de lo que podríamos llamar “lo popular”, en el sentido de lo excluido, en tensión con una idea de lo masivo. Aparece desde la selección musical y también se reafirma desde el modo, el gesto corporal. Allí se observa una especie de gestus brechtiano congelado. Una gestualidad acentuada, que construye un personaje pero lo petrifica como una caricatura.
Los intérpretes despliegan sólo parte de su potencial dejando ver en sus actitudes corporales una especie de burla de sí mismos. Como si estuvieran presentes pero a la vez tomaran distancia de lo que hacen sin constituirse este hecho en distancia crítica, solo despegándose de ellos mismos, como cuando uno no quiere hacerse cargo. Hay algo ausente en ellos que termina construyendo una obra performática llena de clichés.
Más allá de cuáles hayan sido las intenciones iniciales respecto a la propuesta, lo cierto es que se escuchan chirriar los engranajes.
Si bien la obra se digiere sin densidad, surge la pregunta acerca de cómo proponer una mirada crítica desde una puesta escénica de “lo argentino” dirigido por una coreógrafa francesa, que si bien fue asesorada, no deja de pintar una “argentinidad” externa, una mirada sobre la historia propia desde el lugar del otro. Una propuesta que puede entretener mucho en Europa.

Qué: El baile
Quién: Concepción: Mathilde Monnier y Alan Pauls.- Dirección: Mathilde Monnier. Interpretación: Martín Gil, Lucas Lagomarsino, Samanta Leder, Pablo Lugones, Ari Lutzker, Carmen Pereiro Numer, Valeria Polorena, Lucía García Pulles, Celia Argüello Rena, Delfina Thiel, Florencia Vecino y Daniel Wendler. – Dramaturgia: Véronique Timsit.- Escenografía y vestuario: Annie Tolleter.- Diseño de iluminación: Eric Wurtz.- Diseño sonoro: Olivier Renouf.- Asesor musical: Sergio Pujol.- Entrenamiento vocal: Bárbara Togander, Daniel Wendler.- Asistencia coreográfica: Marie Bardet.- Asistencia de ensayo en gira: Corinne García.- Colaboración artística: Anne Fontanesi.- Difusión internacional: Julie Le Gall.- Producción y colaboración artística: Nicolás Roux.- Coordinación de producción: Natalia Uccello.- Producción técnica: Emilia Martínez Domina.- Asistencia de dirección: Tamara Correa, Leo Méndez.-

Dónde: Teatro San Martín.-  Corrientes 1531

PALÍNDROMA

“Un palíndromo (del griego palin dromein, volver a ir atrás), también llamado palindromo, palíndroma o palindroma, es una palabra, número o frase que se lee igual adelante que atrás.”
Con el título algo se avizora, sin embargo, no logra apaciguar la intriga de lo que se verá.
Ella entra en penumbras mientras un foco por la pared la busca, la sigue. Un foco que es como una luna llena ascendiendo desde el suelo hasta el cielo.
Busca, no encuentra y vuelve. Se deslizan juntas la luz y la bailarina. Ella y sus dos sombras.
Así comienza un recorrido que es como una escritura espontánea, del momento.
Observa el espacio, hoja en blanco donde sus movimientos irán trazando una grafía.
Los tonos verdes en el vestuario se escurren en la luz plana que cubre ahora la sala. Ella mira, piensa, calcula, se desplaza. Con la cinta de pintor traza y une líneas hasta armar un diagrama en el suelo plagado de señales. El espectador observa atento, ¿serán las marcas de un recorrido, de un inicio, de un final?
Como si fuera la señalización visible de una danza invisible pero real, avanza y retrocede por los caminos trazados, los fija, los apresa y los repite.
Quedan grabados en la cinta de su memoria que ahora le posibilita rebobinar, volver atrás, pausar, detenerse, corregir, retomar.
Juega con la danza como si fuera una filmación, una película con un guion escrito sobre el que montar y desmontar, probar y cortar, avanzar y repetir.  
Toda una constelación personal entre lo que trazan sus movimientos y las marcas en el recorrido. Como en la vida, lo que uno transita y repite, el ir y venir por un trayecto para aprenderlo, incorporarlo. También la cristalización de lo conocido, la costumbre, el encierro en el mismo interminable circuito.
Danza como reconocimiento y desconocimiento, como un sueño donde la intérprete viaja sonámbula junto al desplazamiento de su sombra, de lo otro de sí misma, donde se conjura para librarse de lo que la hace ser. ¿Cómo desandar la experiencia de un cuerpo? ¿Cómo exorcizarse una misma?
Este palíndromo nombrado en femenino se empodera y se construye cual trance esclarecedor, para desplegar la pregunta sobre la capacidad o incapacidad de re escritura de las cosas a través de un cuerpo que crea más que una danza, una vida.

Qué: Palíndroma
Quién: Idea y Dirección: Margarita Molfino, William Prociuk.- Coreografía e interpretación: Margarita Molfino.- Vestuario: Maria Gonzalez.- Diseño de luces: Matías Sendón.- Música original: Martín Bosa.- Operación de luces: Sebastián Francia, Leandro Orellano.- Fotografía: Lucas Boll, Gisela Filc.- Diseño gráfico: Leonor Barreiro.- Asistencia general: Delfina Dotti.- Asistencia De Escenas: Debora Zanolli.- Colaboración artística: Agustina Muñoz.- Duración: 50 minutos.-
Dónde: ESPACIO CALLEJÓN Humahuaca 3759 Teléfonos: 4862-1167

Web: http://espaciocallejon.com/

miércoles, 20 de diciembre de 2017

BOCETO PARA LA SIESTA DE UN FAUNO

Detrás de las danzas que se ven en escena siempre hay una historia. La historia de las técnicas corporales, de los relatos artísticos, del cuerpo, de la sociedad, de las políticas de dominación. Porque las danzas que generalmente trascienden en el mundo occidental y capitalista son aquellas que los grandes medios de la historia dejan pasar. Sin embargo, a veces hay zonas subdesarrolladas cuya persistencia en los relatos históricos las llevan a colarse por los siglos, y nos llegan otras versiones de las cosas.
En esta pieza de danza hay una investigación histórica respecto a un bailarín que no trascendió demasiado en la historia de la danza occidental espectacular, pero que ha atravesado los años para llegar aquí y ahora y darse a conocer a quienes no han sabido de él. No es debido a su figura en particular que lo resaltamos, solamente es un ejemplo de la importancia de dar espacio a aquello que puede quedar marginal.
La investigación de Mariela Ruggeri se suma en forma de relato textual vivo en escena, además del desarrollo que la coreografía plantea desde la puesta de movimiento.
La obra sobre la que se boceta esta propuesta es La siesta de un fauno (1912) del bailarín y coreógrafo ruso Vaslav Nijinsky,  integrante de la famosa compañía francesa Les Ballets Russes (1907). Nijinsky fue un artista talentoso e innovador que en La siesta de un fauno introdujo posturas y movimientos extraños para lo que se veía en ballet en ese entonces. Esto, sumado al nivel de sensualidad y erotismo de la pieza, causó gran revuelo en la sociedad del momento.
La coreógrafa se inspira en la obra para reflexionar sobre ella, sobre la dificultad que podría haber tenido Nijinsky para ser comprendido por los bailarines que debían interpretarla, respecto a esos movimientos que proponía y que resultaban novedosos para la época.
Una narradora en escena se desdobla para interpelar a Nijisnky como su hermana Bronislava Nijinska, bailarina también de la compañía. La puesta da a entender con estos diálogos, no sólo que el lenguaje corporal resultaba extraño sino que la impronta erótica general de la coreografía era inusual en esos años.
La propuesta despliega danza y pensamiento, de manera de poder despertar la curiosidad en el espectador no entendido en el tema, además de ofrecer un momento de danza y memoria histórica, lo que nunca viene mal.
En escena se ve un despliegue de cintas pegadas en el suelo, algunas con el rollo dispuesto como para continuar un entramado que está a mitad de camino. Hay un hombre de espaldas y una mujer en una silla con una pelota, como un cubo mágico, como si en la manipulación de la pelota se pudiera descifrar un acertijo.
A su vez, la pelota sirve en escena como objeto para armar una estructura dinámica y establecer el vínculo entre los intérpretes.
Él prueba ángulos en el espacio y quien ha visto la coreografía de Nijinsky puede reconocer los movimientos.  Se observan líneas rectas, círculos perfectos y el acto de caminar, como marcas generales para el esbozo de la pieza, una danza que “parece que no es danza” pero que diseña movimientos en el tiempo y el espacio, y donde incluso la imposibilidad de consumación del deseo que despliega la obra original, genera empatía kinestésica en el espectador de este siglo.
Finalmente se trata de bailar. Bailar lo que ya está, en este caso. Bailar un poco de historia. Bailar y reflexionar, y hasta poder rescatar de cierto olvido la figura de este bailarín genial e innovador. Nijinsky,  un adelantado a quien su época no supo valorar, y que enfermó tempranamente sin poder desarrollar todo su potencial creador.
Estas propuestas didácticas -desde el punto de vista histórico- además de invitarnos a mantener activa la memoria, son un llamado a descentralizar, a estar abiertos y alertas para recibir aquellas obras o artistas a quienes quizás aún no somos capaces de valorar, por no comprender lo que nos quieren decir.  

Qué: Boceto para la siesta de un fauno
Quién: Interpretación: Lucas Díaz, Alba Virgilio.- Vestuario: Marcelo Morato.- Iluminación: Horacio Novelle.- Música: John Cage, Claude Debussy.- Asistencia de dirección: Daniela Mena.- Coreografía y Dirección: Mariela Ruggeri.-


ENSAYO Nº 2 BANDONEÓN

Esta bella pieza dirigida por Ollantay Rojas y propuesta como un ensayo, aborda un aspecto del universo del tango a partir de un instrumento característico como el bandoneón. Presentada en el Centro Cultural Ricardo Rojas, Ensayo Nº 2 es la progresión de Estudio para bandoneón y bailarines, producida allí en el marco del Festival de danza de este año, a partir de un pedido de Alejandro Cervera a Ollantay.
En el espacio de la biblioteca, inmersos en ese aire antiguo que ofrece el olor de la madera y de pinotea del suelo, unos focos dirigidos al centro del espacio alumbran a una pareja de bailarines que repite interminablemente ocho pasos básicos del tango. Como si fuera un loop, van y vienen meciéndose mientras el público se ubica a una distancia escasa de ellos, lo que acentúa la intimidad del ensayo.
Hay humo, apenas pero suficiente para generar esa atmósfera medio onírica que evoca también esa repetición endiablada.

Un sinfín en el murmullo de la sala. Ellos, inmutables en su práctica. El hombre parece una máquina métrica que repite sin cesar los pasos mientras la mujer comienza a probar soltarse, alejarse, romper la rutina, para volver a entrelazarse en ese abrazo que los une.
Cuando el bandoneón se hace ver en escena, los bailarines parecen ignorarlo. Sin embargo, la danza se arma y desarma y permite entrar entre sus pasos a una tercera persona para seguir probando pasos en este ambiente de ensayo.
Así la música también oscila entre pruebas de Piazzolla,  Händel y Bach, con un instrumento que toma protagonismo en su corporalidad. Un fuelle que respira y resuena, que suspira y ocupa el espacio entre los bailarines dando su impronta en la escena.
Las luces toman protagonismo iluminando sectores del espacio o jugando con el ritmo del fade-out o apagón, como un elemento que aporta en la creación de la dramaturgia escénica. Lo mismo que la construcción coreográfica, el montaje de los personajes con su parafernalia de atuendos y apliques, o las decisiones espaciales, temporales, rítmicas que se toman, todo forma parte de una creación que se muestra en clave de ensayo para permitirse el juego y la reflexión sobre el arte y el oficio.
Con muy bellas imágenes y la interpretación de unos buenos bailarines profesionales en el mundo del tango, la pieza es un bocado delicioso que puede disfrutarse en cualquier espacio.
(Pudo verse también en la última edición del Festival Cambalache.)

Qué: Ensayo N°2 Bandoneón
Quién: Intérpretes: Andrés Baigorria, Melina Brufman, Sofía Calvet.- Música: S. Calvet (interpretación), A. Piazzolla, J.S. Bach, G. F. Händel.- Iluminación y espacio: Agnese Lozupone.- Colaboración: Martina Huber.- Asistencia general: Lucía Ohyama.- Dirección y coreografía: Ollantay Rojas.

Inmersos en el universo de un instrumento, en su laberinto, ensayamos aquellas verdades-falsedades del métier y sus actores. Motivados a perdernos dentro del intersticio existente entre el arte y el oficio. Sobre esa difusa línea divisoria nos predisponemos a la acción, al espacio, al sonido, al silencio. La pieza forma parte de una serie de cuatro ensayos devenidos en obras acerca del tango y su escenario, concentrados en los puntos de intersección de los bailarines, los músicos y la profesión. Ensayo nº2 es la evolución de “Estudio para bandoneón y bailarines”, producción del CCRRRojas para el festival Rojas Danza 2017