sábado, 10 de febrero de 2018

DASHUA

Dashua, la palabra que da nombre a esta pieza, desconcierta. Parece un invento que suena a conocido sin que uno pueda apresar su significado. Palabra que roza ese lugar familiar y extraño al mismo tiempo.
El escenario donde se despliega es un fondo oscuro, nublado, cuya puesta revela una especie de laberinto espacial con aberturas secretas, como un lugar inventado que puede ser todos y ninguno.
La iluminación genera situaciones internas y externas que alternan entre la penumbra y las horas de luz, pasando también por la oscuridad total que en apenas un instante pasa por corte directo a la siguiente escena.
Hay dos seres y entre ellos se percibe una relación amorosa conflictiva, con idas y vueltas entre situaciones de tensión, crueldad y destellos de cariño. Parece haber un estado de opresión, tal vez un abuso, pero todo es confuso. También un desdoblamiento del oprimido en opresor. Un juego perverso en la violencia que se ejerce vinculada a lo militar, o a cierta jerarquía, puede ser del ámbito de lo inconsciente,  de lo familiar, de lo histórico, de lo humano.
Las escenas aluden a situaciones dramáticas no delimitadas a un solo sentido. Las metáforas abundan entre un él y una ella, entre el color azul, el rojo, el negro. Colores primarios y firmes que dan pie a relaciones en el universo del espectador. Colores que sobresalen en la película en blanco y negro que pinta la pieza.
La mujer y los aspectos de lo femenino se desarrollan con afecto, un aro en la oreja basta para aludir a este aspecto de cierta coquetería que se juega, sin embargo, frente a un espejo deformante. La necesidad de amor flota como un anhelo nunca cumplido.
Cajas que se abren, puertas que se cierran, escaleras que bajan, baúles con secretos, espacios que se abren hacia un afuera prohibido, nunca visto con claridad.
La atmósfera respira violencia, oscuridad y opresión, generados por contrastes lumínicos que son uno de los puntos fuertes de la propuesta.
Parece una historia antigua como el hombre, que uno siente cercana sin poder cerrar su sentido con definiciones claras pero que sí puede relacionar a la opresión, la perversión, la violencia.
Estos seres que además se multiplican como si fuera un efecto visual cinematográfico, se expresan en una lengua extraña. El hecho que hablen en un idioma desconocido es otro punto fuerte de la pieza, que lleva al espectador a transitar una experiencia más allá de la idea clásica de conflicto, personajes, diálogo, inicio, desarrollo y final que propone una obra teatral convencional.
Este teatro es fuertemente físico, visual, emotivo.
Es un teatro de sensaciones con una plasticidad pictórica muy afinada desde la iluminación, un protagónico fuerte en las obras de Omar Pacheco.


Qué: Dashua
Quién: Idea, guion, diseño de luces y dirección: Omar Pacheco.- Actuación: María Centurión, Valentín Mederos.- Vestuario: Ivana Noel Clará, Lucía Pablo.- Realización de objetos y maquinaria: Hernán Alegre, Kaio De Almeida.- Video: Daniel Gómez, Fabian Pettine.- Operación de luces: Ivana Noel Clará, Agustina Miguel.- Operación de sonido: Samanta Iozzo.-
Dónde: LA OTRA ORILLA Gral Urquiza 124 Reservas: 49575083 / 1140711657

Duración: 55 minutos

EL BAILE

Como toda obra de danza, esta presentación tuvo también un paso fugaz, pero en este caso fue por el flamante Teatro San Martín y como resultado de una co-producción entre Francia (Le Quai Centro de Arte Dramático Nacional Angers) y Argentina (Complejo Teatral de Buenos Aires).
La directora e ideóloga de la propuesta en sí es Mathilde Monnier, una figura destacada de la danza contemporánea francesa que dirige desde 2014 el Centro Nacional de la Danza en Pantin, cerca de París, y que tiene en su haber la realización de trabajos junto a artistas de otras disciplinas.
En esta oportunidad, Monnier se inspiró en la obra teatral homónima de Jean-Claude Penchenat, sobre la que se basó Ettore Scola para crear la célebre película también titulada El baile. En el film, se ve el paso del tiempo y sus convulsiones políticas y sociales a través de los cambios que se producen en el salón, en el vestuario, en las acciones y relaciones entre los intérpretes. Así se desarrolla un recorrido por la historia de Francia a través del movimiento, la gestualidad y la danza, sin una sola palabra que atraviese la escena.
En la coproducción danzada que se presentó en Buenos Aires, se apuesta a la expresividad de los cuerpos para construir una ecléctica y variada pieza coreográfica que intenta relatar -o al menos, aludir a - fragmentos de la historia reciente argentina, entre la dictadura y el presente, desde la danza y la música.
Llevar adelante tal peripecia puede traernos el interrogante de por qué fue convocada una mirada externa para narrar lo propio. ¿Tal vez para que existiera la distancia posible para ser abordada? ¿Quizás porque aún estamos muy dentro de esa historia como para que sea elaborada y puesta en escena? ¿O es el temor de tocar con mirada crítica –o autocrítica- lo propio, en un momento de tanta convulsión?
La realidad es que en escena pudieron verse un grupo de intérpretes argentinos que pusieron el cuerpo para intentar contar de una manera no lineal, pero sí bien apoyada en la música propia, esa historia que tanto nos conmueve.
El comienzo de la obra fue como un desfile de individualidades donde cada uno se iba “presentando” en su manera de caminar y de mirar al espacio y al público. Como una entrada a un gran salón de baile en el que cada uno se ubica en su silla antes de dar inicio al baile en sí.
Los recorridos musicales que acompañan esta construcción de la historia navegan por distintos estilos. Cumbia, hip hop, reggeaton, cuarteto, chamamé, murga, zamba, chacarera, tango, rock nacional y hasta himnos escolares. Casi todo lo que puede componer el pastiche musical de un argentino.  
Hay escenas creadas como si fueran cuadros de Molina Campos. Con guitarra y payada, además de los sonidos de animales de campo de fondo, arman un pasaje por el folclore nativo más “del interior”.
Tampoco olvida tocar esas canciones que rememoran la escolaridad militarizada argentina donde los himnos patrios suenan como bandas militares. Allí juega con el mundo infantil de una primaria blanca como Sarmiento soñó.
Así pasa, en otro cuadro, por  una evocación del universo “cumbiero” y dibuja ese intento de seducción parodiada donde, mirando al público, los intérpretes se quitan la ropa, como si se miraran en un espejo y ensayaran movimientos para algún baile.
El rock nacional de los ’80 grita presente con varios temas reconocidos por el argentino local que ponen efervescencia en la sala. Luego un fondo de helicópteros y bombardeos donde un malambo dictatorial mezcla las represiones militares con el futbol y el neoliberalismo de los ’90, resuenan tristemente y la platea se agazapa junto a los bailarines.
Los cuerpos tienen sus momentos gloriosos. Explotan en la murga, el carnaval, la fiesta popular. O se devanean sensualmente con un tango montado a lo “Pina Bausch” que deliciosamente recorre el salón uniendo a todos en un dos por cuatro infinito.
No cabe duda de la capacidad de los intérpretes.
Asoma en esta propuesta un atisbo de lo que podríamos llamar “lo popular”, en el sentido de lo excluido, en tensión con una idea de lo masivo. Aparece desde la selección musical y también se reafirma desde el modo, el gesto corporal. Allí se observa una especie de gestus brechtiano congelado. Una gestualidad acentuada, que construye un personaje pero lo petrifica como una caricatura.
Los intérpretes despliegan sólo parte de su potencial dejando ver en sus actitudes corporales una especie de burla de sí mismos. Como si estuvieran presentes pero a la vez tomaran distancia de lo que hacen sin constituirse este hecho en distancia crítica, solo despegándose de ellos mismos, como cuando uno no quiere hacerse cargo. Hay algo ausente en ellos que termina construyendo una obra performática llena de clichés.
Más allá de cuáles hayan sido las intenciones iniciales respecto a la propuesta, lo cierto es que se escuchan chirriar los engranajes.
Si bien la obra se digiere sin densidad, surge la pregunta acerca de cómo proponer una mirada crítica desde una puesta escénica de “lo argentino” dirigido por una coreógrafa francesa, que si bien fue asesorada, no deja de pintar una “argentinidad” externa, una mirada sobre la historia propia desde el lugar del otro. Una propuesta que puede entretener mucho en Europa.

Qué: El baile
Quién: Concepción: Mathilde Monnier y Alan Pauls.- Dirección: Mathilde Monnier. Interpretación: Martín Gil, Lucas Lagomarsino, Samanta Leder, Pablo Lugones, Ari Lutzker, Carmen Pereiro Numer, Valeria Polorena, Lucía García Pulles, Celia Argüello Rena, Delfina Thiel, Florencia Vecino y Daniel Wendler. – Dramaturgia: Véronique Timsit.- Escenografía y vestuario: Annie Tolleter.- Diseño de iluminación: Eric Wurtz.- Diseño sonoro: Olivier Renouf.- Asesor musical: Sergio Pujol.- Entrenamiento vocal: Bárbara Togander, Daniel Wendler.- Asistencia coreográfica: Marie Bardet.- Asistencia de ensayo en gira: Corinne García.- Colaboración artística: Anne Fontanesi.- Difusión internacional: Julie Le Gall.- Producción y colaboración artística: Nicolás Roux.- Coordinación de producción: Natalia Uccello.- Producción técnica: Emilia Martínez Domina.- Asistencia de dirección: Tamara Correa, Leo Méndez.-

Dónde: Teatro San Martín.-  Corrientes 1531

PALÍNDROMA

“Un palíndromo (del griego palin dromein, volver a ir atrás), también llamado palindromo, palíndroma o palindroma, es una palabra, número o frase que se lee igual adelante que atrás.”
Con el título algo se avizora, sin embargo, no logra apaciguar la intriga de lo que se verá.
Ella entra en penumbras mientras un foco por la pared la busca, la sigue. Un foco que es como una luna llena ascendiendo desde el suelo hasta el cielo.
Busca, no encuentra y vuelve. Se deslizan juntas la luz y la bailarina. Ella y sus dos sombras.
Así comienza un recorrido que es como una escritura espontánea, del momento.
Observa el espacio, hoja en blanco donde sus movimientos irán trazando una grafía.
Los tonos verdes en el vestuario se escurren en la luz plana que cubre ahora la sala. Ella mira, piensa, calcula, se desplaza. Con la cinta de pintor traza y une líneas hasta armar un diagrama en el suelo plagado de señales. El espectador observa atento, ¿serán las marcas de un recorrido, de un inicio, de un final?
Como si fuera la señalización visible de una danza invisible pero real, avanza y retrocede por los caminos trazados, los fija, los apresa y los repite.
Quedan grabados en la cinta de su memoria que ahora le posibilita rebobinar, volver atrás, pausar, detenerse, corregir, retomar.
Juega con la danza como si fuera una filmación, una película con un guion escrito sobre el que montar y desmontar, probar y cortar, avanzar y repetir.  
Toda una constelación personal entre lo que trazan sus movimientos y las marcas en el recorrido. Como en la vida, lo que uno transita y repite, el ir y venir por un trayecto para aprenderlo, incorporarlo. También la cristalización de lo conocido, la costumbre, el encierro en el mismo interminable circuito.
Danza como reconocimiento y desconocimiento, como un sueño donde la intérprete viaja sonámbula junto al desplazamiento de su sombra, de lo otro de sí misma, donde se conjura para librarse de lo que la hace ser. ¿Cómo desandar la experiencia de un cuerpo? ¿Cómo exorcizarse una misma?
Este palíndromo nombrado en femenino se empodera y se construye cual trance esclarecedor, para desplegar la pregunta sobre la capacidad o incapacidad de re escritura de las cosas a través de un cuerpo que crea más que una danza, una vida.

Qué: Palíndroma
Quién: Idea y Dirección: Margarita Molfino, William Prociuk.- Coreografía e interpretación: Margarita Molfino.- Vestuario: Maria Gonzalez.- Diseño de luces: Matías Sendón.- Música original: Martín Bosa.- Operación de luces: Sebastián Francia, Leandro Orellano.- Fotografía: Lucas Boll, Gisela Filc.- Diseño gráfico: Leonor Barreiro.- Asistencia general: Delfina Dotti.- Asistencia De Escenas: Debora Zanolli.- Colaboración artística: Agustina Muñoz.- Duración: 50 minutos.-
Dónde: ESPACIO CALLEJÓN Humahuaca 3759 Teléfonos: 4862-1167

Web: http://espaciocallejon.com/

miércoles, 20 de diciembre de 2017

BOCETO PARA LA SIESTA DE UN FAUNO

Detrás de las danzas que se ven en escena siempre hay una historia. La historia de las técnicas corporales, de los relatos artísticos, del cuerpo, de la sociedad, de las políticas de dominación. Porque las danzas que generalmente trascienden en el mundo occidental y capitalista son aquellas que los grandes medios de la historia dejan pasar. Sin embargo, a veces hay zonas subdesarrolladas cuya persistencia en los relatos históricos las llevan a colarse por los siglos, y nos llegan otras versiones de las cosas.
En esta pieza de danza hay una investigación histórica respecto a un bailarín que no trascendió demasiado en la historia de la danza occidental espectacular, pero que ha atravesado los años para llegar aquí y ahora y darse a conocer a quienes no han sabido de él. No es debido a su figura en particular que lo resaltamos, solamente es un ejemplo de la importancia de dar espacio a aquello que puede quedar marginal.
La investigación de Mariela Ruggeri se suma en forma de relato textual vivo en escena, además del desarrollo que la coreografía plantea desde la puesta de movimiento.
La obra sobre la que se boceta esta propuesta es La siesta de un fauno (1912) del bailarín y coreógrafo ruso Vaslav Nijinsky,  integrante de la famosa compañía francesa Les Ballets Russes (1907). Nijinsky fue un artista talentoso e innovador que en La siesta de un fauno introdujo posturas y movimientos extraños para lo que se veía en ballet en ese entonces. Esto, sumado al nivel de sensualidad y erotismo de la pieza, causó gran revuelo en la sociedad del momento.
La coreógrafa se inspira en la obra para reflexionar sobre ella, sobre la dificultad que podría haber tenido Nijinsky para ser comprendido por los bailarines que debían interpretarla, respecto a esos movimientos que proponía y que resultaban novedosos para la época.
Una narradora en escena se desdobla para interpelar a Nijisnky como su hermana Bronislava Nijinska, bailarina también de la compañía. La puesta da a entender con estos diálogos, no sólo que el lenguaje corporal resultaba extraño sino que la impronta erótica general de la coreografía era inusual en esos años.
La propuesta despliega danza y pensamiento, de manera de poder despertar la curiosidad en el espectador no entendido en el tema, además de ofrecer un momento de danza y memoria histórica, lo que nunca viene mal.
En escena se ve un despliegue de cintas pegadas en el suelo, algunas con el rollo dispuesto como para continuar un entramado que está a mitad de camino. Hay un hombre de espaldas y una mujer en una silla con una pelota, como un cubo mágico, como si en la manipulación de la pelota se pudiera descifrar un acertijo.
A su vez, la pelota sirve en escena como objeto para armar una estructura dinámica y establecer el vínculo entre los intérpretes.
Él prueba ángulos en el espacio y quien ha visto la coreografía de Nijinsky puede reconocer los movimientos.  Se observan líneas rectas, círculos perfectos y el acto de caminar, como marcas generales para el esbozo de la pieza, una danza que “parece que no es danza” pero que diseña movimientos en el tiempo y el espacio, y donde incluso la imposibilidad de consumación del deseo que despliega la obra original, genera empatía kinestésica en el espectador de este siglo.
Finalmente se trata de bailar. Bailar lo que ya está, en este caso. Bailar un poco de historia. Bailar y reflexionar, y hasta poder rescatar de cierto olvido la figura de este bailarín genial e innovador. Nijinsky,  un adelantado a quien su época no supo valorar, y que enfermó tempranamente sin poder desarrollar todo su potencial creador.
Estas propuestas didácticas -desde el punto de vista histórico- además de invitarnos a mantener activa la memoria, son un llamado a descentralizar, a estar abiertos y alertas para recibir aquellas obras o artistas a quienes quizás aún no somos capaces de valorar, por no comprender lo que nos quieren decir.  

Qué: Boceto para la siesta de un fauno
Quién: Interpretación: Lucas Díaz, Alba Virgilio.- Vestuario: Marcelo Morato.- Iluminación: Horacio Novelle.- Música: John Cage, Claude Debussy.- Asistencia de dirección: Daniela Mena.- Coreografía y Dirección: Mariela Ruggeri.-


ENSAYO Nº 2 BANDONEÓN

Esta bella pieza dirigida por Ollantay Rojas y propuesta como un ensayo, aborda un aspecto del universo del tango a partir de un instrumento característico como el bandoneón. Presentada en el Centro Cultural Ricardo Rojas, Ensayo Nº 2 es la progresión de Estudio para bandoneón y bailarines, producida allí en el marco del Festival de danza de este año, a partir de un pedido de Alejandro Cervera a Ollantay.
En el espacio de la biblioteca, inmersos en ese aire antiguo que ofrece el olor de la madera y de pinotea del suelo, unos focos dirigidos al centro del espacio alumbran a una pareja de bailarines que repite interminablemente ocho pasos básicos del tango. Como si fuera un loop, van y vienen meciéndose mientras el público se ubica a una distancia escasa de ellos, lo que acentúa la intimidad del ensayo.
Hay humo, apenas pero suficiente para generar esa atmósfera medio onírica que evoca también esa repetición endiablada.

Un sinfín en el murmullo de la sala. Ellos, inmutables en su práctica. El hombre parece una máquina métrica que repite sin cesar los pasos mientras la mujer comienza a probar soltarse, alejarse, romper la rutina, para volver a entrelazarse en ese abrazo que los une.
Cuando el bandoneón se hace ver en escena, los bailarines parecen ignorarlo. Sin embargo, la danza se arma y desarma y permite entrar entre sus pasos a una tercera persona para seguir probando pasos en este ambiente de ensayo.
Así la música también oscila entre pruebas de Piazzolla,  Händel y Bach, con un instrumento que toma protagonismo en su corporalidad. Un fuelle que respira y resuena, que suspira y ocupa el espacio entre los bailarines dando su impronta en la escena.
Las luces toman protagonismo iluminando sectores del espacio o jugando con el ritmo del fade-out o apagón, como un elemento que aporta en la creación de la dramaturgia escénica. Lo mismo que la construcción coreográfica, el montaje de los personajes con su parafernalia de atuendos y apliques, o las decisiones espaciales, temporales, rítmicas que se toman, todo forma parte de una creación que se muestra en clave de ensayo para permitirse el juego y la reflexión sobre el arte y el oficio.
Con muy bellas imágenes y la interpretación de unos buenos bailarines profesionales en el mundo del tango, la pieza es un bocado delicioso que puede disfrutarse en cualquier espacio.
(Pudo verse también en la última edición del Festival Cambalache.)

Qué: Ensayo N°2 Bandoneón
Quién: Intérpretes: Andrés Baigorria, Melina Brufman, Sofía Calvet.- Música: S. Calvet (interpretación), A. Piazzolla, J.S. Bach, G. F. Händel.- Iluminación y espacio: Agnese Lozupone.- Colaboración: Martina Huber.- Asistencia general: Lucía Ohyama.- Dirección y coreografía: Ollantay Rojas.

Inmersos en el universo de un instrumento, en su laberinto, ensayamos aquellas verdades-falsedades del métier y sus actores. Motivados a perdernos dentro del intersticio existente entre el arte y el oficio. Sobre esa difusa línea divisoria nos predisponemos a la acción, al espacio, al sonido, al silencio. La pieza forma parte de una serie de cuatro ensayos devenidos en obras acerca del tango y su escenario, concentrados en los puntos de intersección de los bailarines, los músicos y la profesión. Ensayo nº2 es la evolución de “Estudio para bandoneón y bailarines”, producción del CCRRRojas para el festival Rojas Danza 2017



jueves, 21 de septiembre de 2017

ASUNTOS QUE QUEMAN

 Este “ensayo escénico en estado de emergencia expresivo entre la vida virtual y la vida real”, tal como informa su gacetilla, es una propuesta para transitar ese límite que las nuevas comunicaciones tecnológicas ponen en tensión. Límite entre ser o pertenecer, entre la presencia y la ausencia física, entre la conexión y la desconexión. Límite que se borronea hasta casi llegar al dilema entre el imaginario de la añorada vida en el campo y la catastrófica supervivencia en la ciudad.
Los performers nos reciben en una de las salas del Club Cultural Matienzo con luces de tubo en el suelo que cambian de color generando ambientes distintos. Suena a frito, esa vibración o interferencia que las tecnologías reproducen en el aire. Sonidos vinculados al mundo de la informática, de las redes de comunicación por cable, por ondas, virtual. Sonidos que se suman a la contaminación auditiva urbana y que ahora forman parte de la música escénica, en el juego de tensiones que la joven directora Jimena Pérez Salerno investiga en este ensayo.
En una mesa lateral hay computadoras y micrófonos dispuestos para la creación. Al igual que la pared del fondo, que sirve tanto como soporte físico, de apoyo humano, como de pantalla para proyectar. Allí podemos ver imágenes tan bucólicas como un paisaje en la noche, o tan cibernéticas como un recorrido de algún juego virtual.
Tres chicas, caminan, se miran, se siguen, se ignoran. Se sumerge cada una en el universo de su celular. También entran en contacto con una danza mínima e íntima de caras que se unen.
La red en su multiplicidad sale a la superficie como tema. La red de las relaciones humanas que se cruzan en un mundo híper informado, híper informatizado, híper comunicado. Al mismo tiempo, un mundo que naufraga en la desinformación y la incomunicación. Un mundo aislante donde pareciera que el ser humano se conecta con la existencia a través de la no existencia, de la ilusión de otro que siempre lo está viendo desde la pantalla de toda la  ciber galaxia. Donde cualquier cosa puede ser posible o imposible.
Hipertexto que mantiene a las personas en constante apertura de ventanas y canales para expresarse.
Entonces se oye la frase “opino sobre todo”, que se tensiona con la pregunta ¿si no posteo no existo? ¿Existe lo no posteado? En este gran sistema de navegación parece que para existir hay que comentar, emoticonarse, cliquear, consumir desaforadamente. Hay que existir a través de.
Allí las modas asoman en su postulado sobre lo nuevo como un centro de interés que se diluye inmediatamente, que pasa, queda atrás.
Les intérpretes proponen intervenir la máquina. Hacer eclosionar un lugar que es no lugar. Un lugar que no está en ninguna parte pero que es omnipresente al mismo tiempo.
La obra es un ensayo que arde, que prende fuego un debate que está en la cotidianidad de cada día, de cada comunicación con los otros reales, virtuales, potenciales. Gran comunidad de la nube que existe mientras haya un clic, un tipeo que asuma la existencia del otro lado, que nos dé una respuesta.
Un asunto para pensar sensiblemente sobre la alienación humana, en tiempos donde los medios de comunicación son tan chatarras como la comida.
Pero también, un asunto para confirmar la potencia que tienen los cuerpos presentes en el convivio de una sala, en vivo, aquí y ahora.
¿Qué es lo importante?

Qué: Asuntos que queman
Quién: Idea y dirección: Jimena Pérez Salerno.- Texto: Javiera Pérez Salerno.- Performers: Roberta Blázquez Calo, Laila Gelerstein, Gastón Lozano, Jimena Pérez Salerno, Luna Schapira.- Asesoramiento técnico, realización de dispositivos lumínicos y programación de proyección digital: Gastón Lozano.- Creadores: Javiera Pérez Salerno, Jimena Pérez Salerno.- Audiovisuales, edición musical y colaboración artística: Sabrina Gazzaneo.- Asesoramiento musical: Nacho Sánchez.- Asistencia de dirección: Roberta Blázquez Calo.-
Web: https://www.facebook.com/events/257237744788329/?active_tab=about
Dónde: CLUB CULTURAL MATIENZO  Pringles 1249 Teléfonos: 15-6610-1520
Web: http://www.ccmatienzo.com.ar

Cuándo: Jueves - 20:30 hs - Hasta el 14/09/2017 y 28/09/2017 - Martes - 20:30 hs - 26/09/2017

martes, 12 de septiembre de 2017

LOS HUESOS

Las maneras en que un artista nombra su obra pueden señalar por donde va su pensamiento. Por eso, la interpretación de quien participa como observador puede partir de un título.
Las reflexiones que siguen a continuación surgen a partir de esta propuesta que presenta Leticia Mazur.
Los huesos son el sostén del cuerpo, la estructura profunda, sólida y a la vez flexible, viva. Son también lo que queda de un ser cuando los otros tejidos se descomponen. Fragmentos desde donde recordar, o desde donde poder reconstruirlo.
Los huesos contienen en sí mucha información sobre una identidad.
La pieza comienza.  La luz asciende como el día, como una alusión al principio de la humanidad, como el fuego que reúne a la tribu. Se condensa en esta primera imagen una especie de ritual primario en el que los cuerpos desnudos contemplan la luz antes de moverse.
Los movimientos de uno son reflejados por otros en un sinfín encadenado donde se observa cómo el impulso viaja de un intérprete hacia otro.
Al principio, estos cuerpos parecen sostenidos por hilos invisibles que los reúnen en un todo variado y en contacto.
Los diferentes cuerpos se transmiten energía, se articulan y sacuden, se desplazan ampliando el territorio, generando un tipo de comunicación.
El cuerpo desnudo se entrega, se ofrece desvalido en toda su potencia. Sin haber un desarrollo respecto a cuestiones genéricas, el sexo se muestra en su pluralidad, y eso ya es una posición sobre el asunto.
También surgen en ese imaginario que construyen los cuerpos y la luz, escenas que desarman creencias, estigmas, credos, religiones. O que las emulan, las trazan apenas, para disolverlas después.
Entre los movimientos que aparecen, se ven los gestos de sacar y poner, de repetir una tarea, dando lugar a que se vea el cuerpo como herramienta de trabajo, así como alguna vez fueron utilizados los huesos por la humanidad.
A la vez, sobrevuela cierta idea de mecanización, de industrialización, de los sistemas de control del cuerpo en el encierro con una actividad fija y constante, de producción fabril. De alienación.
Frente a esto es que nace el gesto del puño en alto como protesta.
El cuerpo es productor de formas, de imágenes, de ideas.
El magnífico mecanismo de la luz diseñado por Matías Sendón es central y sobresale en esta propuesta. Más allá de cualquier metáfora lumínica que lo vincule al fuego, al centro de reunión, al conocimiento, a la iluminación.  Genera espacio, se cuela en la propuesta como estructura conceptual, siendo herramienta, hueso sólido que da eje al espacio, concreto, flexible y sostenedor.
También proyecta sombras y construye alegorías de cavernas, jugando con la ilusión y lo real.
En ese estado puede encontrarse la mente cuando observa tantas imágenes de movimiento convertirse en metáforas. Como proyecciones de ellas mismas.
Y aquello que se proyecta es lo que queda cuando lo otro se va.
Como los huesos.

Qué: Los huesos
Quién: Actuación: Lucas Cánepa, Ana D´orta, María Kuhmichel, Valeria Licciardi, Gianluca Zonzini.- Iluminación y Diseño de objetos: Matías Sendón.- Teaser y Grafica: Ian Kornfeld.- Música: Patricio Lisandro Ortiz.- Fotografía: Ariel Feldman.- Asistencia de dirección y Producción: María Laura Santos.- Dirección: Leticia Mazur.-
Dónde: El Galpón de Guevara - Guevara 326 Chacarita
Cuándo: martes 7,14, 21 y 28 de noviembre - 21:00 hs -